miércoles, 19 de enero de 2011

Mensajes cósmicos

Por Marcos Daniel Aguilar


Era un niño cuando José tuvo la revelación. Comenzaba el siglo y la tierra estaba dividida entre la fresca sierra selvática y el asfixiante desierto infértil. Fue en este último sitio cuando vio en el cielo la luz. En realidad no sabía de qué se trataba; podría ser una señal divina, un espejismo por la deshidratación voraz o un mensaje de seres de otro planeta.

Tal vez se trató de un contacto extraterrestre, pero muchos años después de este encuentro, José se sintió cada día más fuerte, como si hubiera adquirido un poder traído de los confines del Universo. Al terminar sus estudios, ya se había convertido en un líder capaz de mover masas con un mensaje de justicia, el cual derrocaría a los gobiernos que limitan la libertad y que se conducen con la idea de traer paz a través de “una guerra”.

José difundía el ideal de un futuro mejor, como si fuera misionero. Sólo Cristo o Hitler pudieron haber movido a tanta gente. Él nunca lo escribió en su mítico libro autobiográfico, pero esa luz que vio en el desierto cuando era niño, fue la que le reveló este mensaje. De una nave espacial bajó una criatura y depositó un viejo libro en sus manos. José fue iluminado y sólo una vez pudo leer y comprender el texto.

Después transcribió en algunas páginas lo que su traicionera memoria pudo recordar. En esa trascripción explicó que el destino del hombre era vencer los instintos carnales, la intolerancia que dictan las normas políticas y los dogmas religiosos, la guerra y el autoritarismo, para llegar a una nueva etapa de la civilización, en donde la belleza y las diferencias llevarían al individuo a alcanzar la felicidad.

José escribió este aprendizaje y quiso difundirlo de la montaña a la estepa, del valle a la aridez. Sabiéndose conocedor del atesorado secreto, se aferró a que todos lo escucharan. Su palabra, pensó, sería la única verdad y éste fue su error, pues no entendió que el mismo mensaje le advirtió su cruel destino, ese que dicta que el que no acepte la diversidad está condenado a la indiferencia. Y así ocurrió con José, pues nadie recuerda cuándo murió, o si fue abducido por una nave alienígena.

Sin embargo, la trascripción de esta señal, su señal, aún se encuentra empolvada en las bibliotecas en forma de libro que contiene un anhelo de felicidad y de no violencia, halo místico que se le presentó al ver la luz en el desierto. Esta voz es una historia entre varios relatos sobre un futuro que quizá ocurrirá, cuyas letras se hallan impresas en un empolvado libro que habla sobre cósmicas razas y firmado por este sujeto ya olvidado de apellido Vasconcelos.

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